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Escribir es una aventura

Tengo todas y cada una de las rifas para sacarme el premio al caviarón del año. Nací en una familia de clase media alta. Mi viejo es un neoliberal de ultraderecha (lo que los caviares llamarían la derecha bruta y achorada, y bueno, en casos como el de mi papá no dejan de tener razón), y mi mamá es una devota de misa diaria con profundos y sólidos valores católicos.

Estudié en un colegio británico en Lima en el que, al menos por aquellos años, adonde iban a educarse los hijos de la oligarquía, la inmigración europea, norteamericana, japonesa y palestina, y, porque no decirlo abiertamente, también los hijos del narcotráfico.

Mi formación culminó en lo que un conocido periodista de ultraderecha en el Perú no dudaría en denominar como el punto cero de la caviarada: la Universidad Católica, donde, para colmo, estudié antropología. Y a partir de entonces, parecería como si hubiese corrido directo a convertirme en el clon de Susana Villarán, en Lima o de Ada Colau en Barcelona: trabajé en la Comisión de la Verdad, pasé por algunas ONG, publiqué un libro sobre José María Arguedas y luego, claro, trabajé en un medio progresista por internet, y esa experiencia fue sólo el blueberry en la cúspide del montículo de huevos de esturión que parecerían haber definido mi existencia.

Como les dije: toditas las rifas. Sin embargo, hay una contradicción entre mi posición en la sociedad y el hombre y el escritor que creo que soy: no me siento caviar. Ya. Puede que mi auto indulgencia sea capaz de destrozar los límites entre el ser humano y el chancho, o que ese sentimiento no sea más que el epítome del caviar, no voy a negarlo, pero para serles honesto, la historia de mi vida está muy lejos de lo que cualquiera pensaría para un caviar. El caviar me gusta, claro, pero sólo para comérmelo.

El niño de la selva

Pocos escritores en español, ninguno al menos entre los contemporáneos que yo conozca, ha salido de la ciudad. En mi caso, nunca dejé de huir de ella. Le debo muchas cosas a la selva, pero si contraje alguna una deuda con ella de verdad impagable, es la necesidad de contar.

Tenía veintitrés años, cuando llegué por primera vez a Puerto Maldonado y a la Comunidad Nativa de Infierno, y me pasé unos cinco meses durmiendo en hamacas que las familias me prestaban, o directamente en el suelo, en una tienda de campaña que armaba en el monte: sin luz, sin agua, sin ninguna otra conexión con el exterior que no fuera una radio a pilas. Durante esos meses, después de semanas de cagar al aire libre, vigilando que no me fuera a picar una serpiente, volver cada tanto a la habitación que alquilaba en el Hostal Moderno por cien soles al mes, es lo más cerca que alguna vez estuve de sentirme en el Waldorf Astoria.

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Primera entrada al Amazonas. Nauta. Confluencia entre los ríos Ucayali y Marañón, a bordo de la poderosa motonave Cantuta. Julio, 1997.

Nunca fui más pobre que durante esos meses. Paseaba medio calato por la espesura, pescaba pirañas en el lago Tres Chimbadas, y con un amigo comunero, una vez agarramos unas taricayas de los troncos viejos derrumbados sobre las riberas del Tambopata, y las asamos vivas sobre su caparazón y las comimos en la noche, fumando mapachos y oyendo de viejos y eximios juglares las fascinantes historias de sus aventuras en la selva. En la vieja guardia del Tambopata se encuentran mis primeros maestros de narrativa. Toda buena literatura aspira siempre a volver al relato oral.

Tuvo que ser durante alguna noche como aquéllas que sentí la picazón del gusano. A lo mejor, yo también podría contar alguna historia. Por lo pronto, ya me sabía algunas bastante buenas. La vuelta a Lima me devolvió también a mi triste realidad, porque cuando me preguntaron que qué tal la había pasado, mi respuesta no pudo pasar de un: «bien». Y había vivido tanto, ¡y tenía tantas cosas para contar!

La literatura había llegado a mí junto con la afasia. Criado por cuenta cuentos que podían convertirse en jaguares, cuando narraban; era imposible no sentirme un poco como Mowgli cuando yo mismo quería contar una historia. De esa afasia provino mi interés por la filosofía, y luego, mi admiración por Wittgenstein. Escribir para mí es casi como aprender a hablar. Con cada historia, una y otra vez, me enfrento a la misma sensación –de que no me alcanza–, y una y otra vez tengo que resolver el mismo y único problema:

¿Cómo escribir lo que tengo para contar, si mis historias, en esencia, no son para ser leídas, sino para ser oídas? ¿Para qué contarlas, si considero que nadie –nadie que no haya vivido experiencias similares– podría entenderlas? ¿Escribirlas para qué, si es mas que posible, que no le interesen ni a mi gato? (Por cierto, no tengo gatos).

Pero luego, ésas son, justo, las historias que vale la pena escribir.

Antropólogos en inglés, escritores en español

Hace unos diez años gané una beca integral de estudios y concluí una maestría en antropología en el London School of Economics y dejé sin terminar otra en etnografía en la Universidad de Barcelona, y luego fui aceptado en el doctorado en antropología de la Universidad de Oxford, en Inglaterra, para investigar la esclavitud en Madre de Dios, en el sur oriente del Perú.

De lejos, Oxford puede parecer la oportunidad de una vida. No de la mía. De entrada había un conflicto lingüístico. Escribir en inglés no me sabía a nada. Pero es que incluso en inglés era claro que mi forma de escribir entraba todo el tiempo en conflicto con las formas y los corsés de la redacción académica. Para mis tutores de tesis, asesorarme era una pesadilla. Para mí, ellos sólo querían joderme el estilo. Era un dolor de huevos para ambos. Sabía que graduándome en Oxford saldría convertido en un antropólogo, o peor, en un académico, es decir, en un burócrata, y que culminado, el proceso de domesticación de mi oficio sería irrevocable.

No fue una disputa inútil. De ella resultó un libro. Anti académico, porque en las universidades se negaron a aceptarlo como tesis doctoral, porque su escritura la había hecho solo, sin ninguna dirección ni ninguna tutoría. Mi ensayo, Un escritor de culto fue mi manera de suicidar al académico y alumbrar al escritor, y en el camino pagar una vieja deuda con una chica.

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Portada y contraportada de Un escritor de culto

La vida en la calle. El periodismo de investigación

Cuando tomé la decisión de abortar la carrera académica que había emprendido, tenía muchos documentos históricos sobre los procesos esclavistas ocurridos en Madre de Dios y mucha información ya recopilada sobre la minería ilegal del oro en la Amazonía y, además, Barcelona y el 11M me la habían puesto en la cara: había sido un anarquista toda la vida.

Abandoné la vida académica pero nunca dejé de investigar. Abandoné la vida académica, pero la antropología nunca me abandonó del todo. Hay una gran influencia de la etnografía en lo que escribo, por la cantidad de tiempo de inmersión en los temas que me interesan, por una manera de mirar y aproximarse a la realidad acostumbrada a huir del cliché, también muy propia de esta disciplina. Si a esto se suma las ganas que tenía de dar por culo al poder todo lo que pudiera, que recalara en el periodismo de investigación parece una consecuencia obvia de la peripecia intelectual que acabo de contarles.

El periodismo, luego, me pasearía por varios temas. Escribiría un reportaje sobre la intoxicación por metales pesados que sufrían las comunidades alrededor de una mina de Glencore en Cusco, o sería uno de los tantos periodistas que participó de la investigación global de los Panama Papers. Pero eso es un periodismo que en términos formales tiene poco que ver con lo que quería.

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Anarco sindicato de periodistas, etnógrafos y escritores en español reportando desde los márgenes del Estado

Quería aprovechar los métodos y las técnicas de la investigación etnográfica, pero no ya para investigar artículos para la academia –que nadie lee– sino para contar desde las tripas historias que por su humanidad pudieran hablar al corazón de cualquiera.

Así nació Frontera Pirata, este anarco sindicato de escritores, etnógrafos y periodistas que reportan desde los márgenes del Estado. ¿Por qué un anarco sindicato y no solo una unidad de investigación periodística? Porque si uno mira de cerca a las células de investigación periodística que han surgido durante los últimos años, descubrirá, no sin desagrado, que se organizan piramidalmente. Que en la base de esta pirámide hay obreros de un oficio noble, explotados, mal pagados, y cuyo trabajo sostiene en la cúspide a un divo, o una diva, que se sientan y pontifican sobre un trono como si de dioses egipcios y pontificando sobre un trono como si de dioses egipcios se trataran.

Frontera Pirata no quiere, ni de casualidad, parecerse a eso. Y así no nos ha ido tan mal. Nuestros reportajes quedaron varias veces finalistas en los premios anuales de periodismo del Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS), y el año pasado una serie de historias sobre la doble cara de la cerveza, o más específicamente, sobre cómo el crimen de la trata de personas con fines de explotación sexual lava su dinero a través de los distribuidores que tiene Backus & Johnston en las zonas de frontera, quedó finalista del Premio Latinoamericano Javier Valdez y finalista también del Gran Premio Nacional de Periodismo del IPYS.

Para leer lo que escribo habitualmente pueden seguir mi blog en Medium, buscar mis reportajes y mis crónicas en Frontera Pirata, o suscribirse a esta misma Web, por aquí nomás.

El Estado y la producción en español de lectores y escritores mansos

Los escritores, y con esto me refiero a los escritores–escritores, no a cualquier pelotudo que publica un libro, tarde o temprano terminan por enfrentar un hecho y un dilema milenarios: que por un lado, en la historia de la humanidad, la palabra escrita es intrínseca a la aparición del Estado; pero por el otro, que la escritura –y con esto me refiero, a la literatura–literatura– en lo fundamental, es el oficio de la sedición.

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Proximidad de la tormenta sobre el río Madre de Dios. Puente Billinghurst. Puerto Maldonado. Febrero 2017.

«La literatura es fuego», dijo Vargas Llosa cuando fue a recibir el premio Rómulo Gallegos, y tenía razón. Pero esa función sediciosa que hace más de medio siglo atribuyó a la literatura, ha ido perdiendo su sentido de forma inversamente proporcional a la expansión de la democracia. Ahora que la mayoría de  escritores latinoamericanos y españoles viven bajo regímenes democráticos, es posible que la relación entre la literatura y el Estado se haya hecho normal. Es posible que hoy el Estado atraviese verticalmente al arte de poner palabras sobre el papel: por los premios que ofrece y por las compras de libros que hace para sus bibliotecas y sus escuelas públicas.

Hoy la maquinaria no censura tan abiertamente como antes hacían los tiranos y las tiranías, y por eso es aún más peligrosa. Porque es posible que la gran industria editorial en español haya producido una casta de lectores inofensivos y otra de autores de libros o de escritores mansos. Acicateados por su hambre de gloria, obsesionados por las cuantías de los premios literarios, borrachos de vanidad, encarcelados y protegidos en relatos intimistas o históricos, no se dejan afectar por lo que sucede en el mundo.

Por eso la mayor parte de los escritores que me interesan están muertos, y los que no lo están, como si lo estuvieran. No tengo ningún interés en conocerlos personalmente. ¿Para qué, si gracias a sus libros, de ellos ya conozco lo fundamental? Prefiero ahorrarme la decepción. Por eso también, paso de las ferias del libro, de las firmas de libros, de los encuentros entre escritores y de las cenas entre escritores. Son puro humo. En el mejor de los casos, no son otra cosa que un masaje al ego. En el peor, una lluvia de cuchillos volando hacia tu espalda.

¿Significa que no tengo ningún interés en publicar con la industria editorial? No. De hecho, espero publicar con ellos un libro de no ficción el próximo año, y con suerte, y también con ellos, otros dos de ficción.

Significa que sé de qué va el juego, y que ese juego no puede estar más lejos de lo que me lleva a escribir. No me interesa tener millones de lectores. A mí que me den a un lector. Solo a uno. No tiene que decir nada. Sólo me gustaría saber que está allí. Como un radio aficionado al otro lado de la onda, que responde al clamor de un sobreviviente en medio de un Apocalipsis. Es en ese encuentro que se produce lo más hermoso y lo más valiente de la literatura.

La escritura y la publicación de los libros y los cuentos en formato Kindle que encontrarán por acá, viene de esta ilusión.

Y eso es todo, básicamente.