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¿DE QUÉ HABLO YO CUANDO HABLO DE CORRER?

20 noviembre, 2019

¿De qué hablo cuando hablo de correr? De lo mismo que hablo cuando duermo. De nada. Y por lo general, con nadie, porque suelo correr solo. Sencillamente no hablo mientras voy trotando por allí. Correr y dormir, tengo la sensación, son actividades parecidas.

Hay un momento, cuando los músculos comienzan a calentarse y los primeros dolores desaparecen, cuando la respiración se regula y la cabeza se limpia, que pareciera que dejamos todo atrás: el trabajo, la novia, el tráfico, la familia, todo lo que puede ser causa de nuestro estrés, desaparece cuando corremos. Pero lo mejor recién esta por llegar. Si corre uno por el malecón de Barranco, o por el de Miraflores, o por la Costa Verde, con la cabeza limpia y el aire frío del mar entrando a tus pulmones, pareciera que la ciudad cobrase otro color. No es que vea este deporte necesariamente como una experiencia espiritual. De hecho, lo veo más como una simple reacción química: el cerebro segrega endorfinas, las endorfinas nos generan bienestar. Lo que sigue al acabar la rutina es una sensación de relajación, de alegría.  

Suelo correr por las noches (soy demasiado flojo para madrugar), y correr para mí es como huir. Huyo hacia un rincón intocable de mi interior, un lugar del solo yo poseo la contraseña. De esto hablo, cuando hablo de correr.

No me preocupa, como cuando era más joven –o como le preocupaba a Haruki Murakami– reducir tiempos, batir marcas o explorar los límites de mi resistencia física. Corro por placer. Y para eso la música es fundamental. Tengo una playlist cuyas canciones han sido seleccionadas con meticulosidad: Highway to Hell (AC\DC), Keep the Car Runnning (Arcade Fire), Héroes (David Bowie), en fin, música que me recuerda no quién soy sino quién podría llegar a ser. Es cuando salgo a correr, y no cuando me tumbo a dormir, que sueño. Sueño con los libros que escribiré, con los viajes que me quedan por hacer, con las ciudades donde me gustaría vivir, y, por supuesto, con algunas de las chicas que me cruzo por el malecón. Hago unos veinte kilómetros por semana, nada en comparación con los cincuenta o sesenta que solía acumular semanalmente cuanto tenía 21 o 22 años. 

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¿Por qué Haruki Murakami se quita el polo para correr? Odio a la gente que hace eso.

Entonces salía a correr con mi viejo por las madrugadas. Nos levantábamos a las cinco para comenzar a correr a las cinco y media de la mañana, cuando todavía era de noche. El amanecer solía sorprendernos en el malecón, con la enorme bahía limeña abriéndose ante nosotros y el olor del mar inundándonos la nariz. No había nada, consideraba por esa época, que se acercara a la sensación de ver salir el sol corriendo durante una mañana de primavera o verano. Era mejor cuando salíamos a correr los dos, o cuando a veces se nos unían uno o dos amigos. Porque corríamos ocho kilómetros máximo, suficiente para llegar a desayunar con hambre y estar de excelente humor lo que quedaba del día. En cambio, cuando nos uníamos a un grupo más grande, correr ocho kilómetros era lo mínimo. Podían haber días, cuando la mayor parte de los corredores se preparaban para una maratón, que se llegaban a correr quince kilómetros en una mañana. En días como ésos me arrastraba de cansancio una hora tras otra, me quedaba dormido en clases, y sólo después de una buena siesta luego del almuerzo, tenía la cabeza clara. Por eso prefiero correr poco, y correr frecuentemente. 

De lo que hablo cuando hablo de correr es que hay amistades que se forjan practicando una actividad en la que casi no se puede hablar. Al menos eso fue lo que me sucedió con mi amigo José Antonio González Clapham, el Fakir, cuando ambos vivíamos en Barcelona. 

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Vista de la ciudad de Barcelona desde la Carretera de las Aigues

Subíamos en su moto hacia el Tibidabo, por la tarde, y corríamos por la Carretera de las Aiguas, un camino que bordea esta montaña icónica barcelonesa. Era una trocha de tierra con pinos a los costados, desde la que es posible ver todo el emplazamiento de la ciudad y, más allá, el intenso azul del Mediterráneo. Normalmente corríamos ocho kilómetros, en los que siempre él me sacaba una buena ventaja. Salvo cuando un sábado nos propusimos correr dieciocho kilómetros bajo el sol del verano, y el Fakir fundió motor a cinco kilómetros de la meta. (¡Te hice morder el polvo, Fakir!)

Ahora que volveré a Barcelona por Navidad, lo primero que me dijo José Antonio cuando le conté que iría a visitarlo fue:

– ¡No te olvides de traer tus tabas!