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MADRE DE DIOS: UNA BREVE GUÍA PARA AMANTES INEXPERTOS

13 septiembre, 2019
Una calle de Puerto Maldonado luego de una tormenta tropical. Un arco iris se forma sobre el río Madre de Dios.
Las calles de mi barrio en Puerto Maldonado

Gracias a Madre de Dios, suelo considerar que lo que sucede fuera de los límites de mi cuerpo es mucho más interesante que lo que pasa al interior. Por esa razón escribo periodismo, y por esa razón he abandonado la ficción para cuando, por la edad, por una enfermedad, o por algún accidente, pierda la condición física y me quede para moverme solo con la imaginación.

No es fácil, para mí al menos no lo es, esconder dentro del closet la pasión por la literatura, reprimir las ganas de hallar figuras poéticas en el libro de la realidad. Todos los días debo lidiar con la primera persona en un texto periodístico. Cómo usarla, dónde, para qué. Cómo evitar el peligro de perderme en mi propia inconsciencia, y la vergüenza de hacerlo en público.

Para esta pequeña historia no parece que haya más remedio. Puede que les resulte raro, y a lo peor sí, esto no sea más que un ejercicio de vanidad, pero lo que quisiera aquí compartir es, no a amar, claro –eso sí que sería presuntuoso –, pero sí a ser un buen amante.

Proximidad de la tormenta sobre el río Madre de Dios. Puente Billinghurst. Puerto Maldonado. Febrero de 2017.

Una temporada en el Infierno

A los veintitrés años, cuando llegué por primera vez a Puerto Maldonado, me pasé cuatro o cinco meses durmiendo en una habitación del Hostal Moderno por la que pagaba 100 soles al mes, o en hamacas que las familias me prestaban, o directamente sobre el suelo, en una tienda de campaña que armaba en el monte. Nunca fui más pobre que durante esos meses. Paseaba medio calato por la espesura, pescaba pirañas en el lago Tres Chimbadas, y con un amigo comunero, una vez agarramos unas taricayas de los troncos viejos derrumbados sobre las riberas del Tambopata, y las asamos vivas sobre su caparazón y las comimos en la noche, fumando mapachos y contando y oyendo las fascinantes historias que habitualmente se escuchan en la selva. Nunca fui más pobre, dije. Nunca más, tampoco, volví a ser tan libre ni tan feliz.

En esa época la gente todavía usaba cassettes. A Madre de Dios, con música, había llevado uno solo, con Mosaique de los Gipsy Kings (otra de mis obsesiones de la juventud), que escuchaba matiné, vermú y noche. Cuando estoy contento, algo, en el fondo de mi alma, vibra y está afinado igual que Caminando por la calle. No sé cuántas veces intenté llegar a la copa de un castaño, en las noches de luna, para aullar desde las tripas el coro de esta canción casi afásica de los Gipsy Kings. A veces me sigue sorprendiendo haber salido ileso de la experiencia.

Entonces recién la conocía. Madre de Dios era, o así me gustaba imaginarla, como la amante secreta hacia la que huía en busca de la expansión que una ciudad como Lima nos niega permanentemente. Estaba obsesionado con ella, quería conocer cada uno de sus rincones, saber todo de su pasado, saborearla, olerla, despertarme por las mañanas con sus ruidos de pájaros y monos sobre unas sábanas húmedas por el sudor y el vaho de la noche amazónica. Y a veces, con algunos pocos iniciados, compartirla.

De tanto en cuando, se contactaban conmigo periodistas a pedirme que intercediera por ellos ante la tierra de la que me he pasado media vida enamorado, la tierra que regué con buena parte de mi juventud. ¿Qué podía dar más satisfacción a un friki, que viniera alguien a preguntarle sobre su amor enfermizo, a ofrecerle la oportunidad de jactarse de ser la persona en el planeta que más sabe de la historia de este lugar perdido?

Madre de Dios y sus sanguijuelas

Pero de un tiempo a esta parte, su número se ha incrementado. Son ya, como la misma persona, que no quiere tomarse el trabajo de leer, o la molestia de ponerse unas botas y salir a la selva a escuchar lo que la gente tiene que contar (y es mucho, y muy bueno, lo que tiene para contar) para, al final, acabar agregando un pie de página al catálogo de lugares comunes que ya ha publicado la prensa sobre la región.

Desde que yo mismo comencé a escribir y me hice periodista, comprendí que no ven en ella lo que yo. Que no es, siquiera, que quieran compartirla conmigo. Solo quieren usarla. La tratan como a la puta vieja que seguramente es, y nunca dejó de ser, y después se largan. A veces, hasta se olvidan de pagarle. Y entonces me siento, no ya como un amante, sino como un caficho, una vergüenza de hombre que no hace él mismo más que aprovecharse.

Eso se ha terminado. Conmigo ya no cuenten. Y lo siento, pero es que el amor no me sale limpio ni rosado. Me sale inveterado en la furia y el ruido, y no puedo hacer nada al respecto. Ya no pueden venir aquí con sus caras de turistas y ponerse a hablar estupideces sobre el jardín arruinado que ahora es Madre de Dios, sin haberla conocido. Sin conocer lo arrebatadoramente hermosa, el peligro latente que era en sus años de gloria, cuando era inconquistable. Cuando las expediciones del Inca Tupac Yupanqui y de conquistadores como Pedro de Candia o Juan Álvarez Maldonado intentaron tomarla, y acabaron quemados y locos, dándose caza y dándose muerte, comiéndose entre ellos como los caníbales que siempre habían sido.

Acaso porque adolezco de lo mismo, menos tolerables me resultan los arrogantes. Gente que se remoja dos veces en el Inambari y luego hace una carrera de presuntos especialistas. La verdad, es que no conocen nada, no saben nada, y a veces me entran unas ganas horribles amarrarlos a una tangarana y prenderles fuego. Se acabó. ¿Quieren que los ponga en contacto con un minero ilegal, con la mami de un prostibar, que les haga gratis el trabajo de un fixer? Ya. Perfecto. Primero se leen la relación de la expedición de Pedro Anzúrez de Camporredondo al país de los Moxos en el siglo XVI, una de las primeras. exploraciones del río Madre de Dios. Son como 400 páginas de latinajos y castellano medieval. Cuando regresen de la puta que los parió me avisan.

No quiero acabar así. Esto comenzó como una declaración pública de amor, y así tiene que terminar. Vieja, devastada, Madre de Dios todavía despierta, y no solo en mí, la predisposición a los sueños. Esta foto de Rodrigo Abd de un obrero de la minería ilegal apoyado sobre un viejo colchón, así parece probarlo. La belleza está en los ojos de quién mira, por eso es posible encontrarla hasta en el mismo Apocalipsis.

Un obrero de la minería ilegal sueña despierto sobre un viejo y raído colchón. Alrededor de él, el desierto amazónico y la selva devastada por la fiebre internacional del oro. Foto: Rodrigo Abd.
Un obrero acurruca tiernamente a su pequeño hijo, rodeado de basura, al fondo de uno de los cráteres abiertos por la minería ilegal en la selva amazónica. Foto: Rodrigo Abd.

Quiero recordar a Madre De Dios, recordarme a mí mismo, que no fui el primero y que, por supuesto, tampoco soy el único. Hombres mejores, hombres legendarios, pasaron antes por ella, y también la amaron, acaso mucho más de lo que yo alguna vez podré. Humildemente, cada cierto tiempo me honra encontrarme en compañía de hermanos mayores como ellos.

Werner Herzog sobre la obscenidad de la selva en las fronteras de Madre de Dios, en The Burden of Dreams, el documental que filmó Les Blank sobre el rodaje de Fitzcarraldo.