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SI LA LITERATURA FUERA COMO EL FÚTBOL

26 septiembre, 2019

Si jugar al fútbol fuera como escribir con los pies, esta es la literatura a la que jugarían mis futbolistas

Hay escritores que leo y me digo, mierda. Cómo carajo compites contra estos mostros. Son como la selección brasileña de 1970, como la Naranja Mecánica de Rinus Mitchell, como el Barza del Pep Guardiola. Son los Pelé, los Di Stéfano, los Messi de la literatura. Pero la historia de este equipo no va de ellos. Va de hombres como Obdulio Varela desahuevando a su gente en el camarín: cumplidos sólo si somos campeones.

Hay escritores que leo y me digo, mierda. Cómo carajo compites contra estos mostros. Son como la selección brasileña de 1970, como la Naranja Mecánica de Rinus Mitchell, como el Barza del Pep Guardiola. Son los Pelé, los Di Stéfano, los Messi de la literatura. Pero la historia de este equipo no va de ellos. Va de hombres como Obdulio Varela desahuevando a su gente en el camarín: cumplidos sólo si somos campeones.

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Obdulio Varela, el Negro Jefe. La pasión de Uruguay

Va de la selección paraguaya a tres minutos de eliminar a Francia de su propio mundial, del Pibe Valderrama largando un pase maestro para robarle la victoria a Alemania en el último suspiro. Son terrenales, son humanos. Por eso ni yo ni nadie ha podido abandonarlos nunca. Y miren que no han faltado las ocasiones. Demasiada intensidad, demasiada pasión. Su puta madre, cada vez que voy a verlos a la cancha de la imaginación mi esperanza de vida pierde uno o dos meses.

La derrota es su hábitat natural. Sus picos de victoria son pocos, pero cuando suceden, ay cuando suceden, nunca nadie pudo ser artífice de tanta felicidad. Dejan una herida abierta. Infectaron a la especie humana de su propia hemofilia. Todavía no se inventa la cura para el amor que despiertan. A estos dámelos siempre.

De arquero había un críptico, un místico. Infranqueable. El juego de Wittgenstein con los pies, es decir, como escritor, era horrible, pero como filósofo, era brillante. Se adelantaba décadas a la jugada. Sabía cuadrarse bajo el arco y sabía volar. De un valor casi suicida. La única vez que se asustó fue cuando le dijeron que podía salvarse, y entonces le pidió a su médico que saliera y le dijera a los suyos que había sido feliz.

En el plantel no escaseaban los habilidosos pero sí abundaban los centrales, y todo el mundo sabía quiénes salían habitualmente de titulares en la zaga. Estaban Dostoievski y Cervantes, dos ex presidiarios. Eran los perros, los que te la ponían acá, en el cuello. O iba uno, o iba el otro. El otro central era Hemingway. Mariscal. Cuando era joven le partieron una pierna. Desde entonces arrastraba esa vieja lesión. Pero cuidado, porque para lesionarlo se había necesitado una granada. La final en París llegó a jugarla con diablos azules, pero esa noche, no es que cumpliera, carajo, esa noche París fue una fiesta. Después supimos que seis horas antes había estado con con tres putas en Zambia.

De lateral, un ocho retrasado a la banda izquierda, un peruano como César Cueto, un experimento, un ensayista. El revulsivo. José Carlos Mariátegui. No tenía pierna derecha. Pero esa zurda era poesía pura.

En este equipo si las victorias no eran sufridas no sabían a nada, y por lo general alguno de estos dos aportaban esta puñetera cuota de drama. Por derecha, Celine o Houllebecq, dos mercenarios reclutados en el infierno. Una cagada de personas. Sabías que en cualquier momento se iban a ir a buscar su propia gloria y te iban a dejar atrás con los pantalones abajo. Sabías que te la iban a clavar, lo que no sabías era cuándo.

Era un equipo sólido que jugaba con doble cinco. Esto iba de los 300 del paso de las Termópilas, de vienen aquí a tocarnos la pelota, a cancherear, pensaron que se vinieron de turistas, esto es el Centenario manga de cagones, del último pelotón de soldados del que dependía la civilización.

Aquí corría todo el mundo, pero las dos volantes centrales, las anclas, eran dos mujeres curtidas en la violencia. Eran Mercè Rodoreda y Sylvia Plath, ésta última, como Hemingway, otra suicida. A Sylvia Plath le mostrabas un estadio como un horno y su primer impulso era meter la cabeza y girar la perilla del gas. La noche que salimos campeones, dijo:

Dying is an art.
Like everything else,
I do it exceptionally well.
I do it so it feels like hell.
I do it so it feels real.
I guess you could say I have a call.

De Mercè Rodoreda qué puedo decir. Era el alma del equipo. Llevaba la cinta, era la puta jefa. Era simplemente conmovedor verla correr con las tetas afuera, en medio de la inminente caída de Barcelona en manos de los fascistas.
En el dibujo habían dos extremos que no jugaban pegados a la raya. Por izquierda, pero como les decía, solo en el dibujo, jugaba Ítalo Calvino, un wing bullidor que se las rebuscaba y tanto podía hacerte una diagonal de la banda hacia el medio, como llegar al fondo y sacarte un centro al punto de penal. El habilidoso, el pericote.

Por derecha también iban uno de dos. Dos punks, dos anarquistas, dos poetas. Uno más prosaico, más pegado a la tierra, El otro, sí, estaba completamente loco. Respectivamente el Trinche Carlovich o el Mágico González, y el George Best o el Giancranco Zigoni de la literatura. Los que teniendo un talento desaforado, y sabiéndolo, despreciaron la fama, o se dejaron consumir por ella. Roberto Bolaño y Dylan Thomas eran ellos en este equipo.

Rage, rage, against the dying of the light.

De nueve, un flaco alto y melancólico. Un ermitaño. Salinger hizo los goles de la final, y nunca más en su vida volvió a anotar.
El equipo tenía un único diez. Único, porque era irremplazable, el más grande de todos los tiempos. Nunca nadie supo si era un jugador o si era la encarnación misma del juego, si era un poeta o si su propia vida era un libro abierto por la mitad. Dicharachero, peleón, una máquina de frases de fútbol notables, un decimista, si quieren. Cuando nació para la pelota la literatura ganó un personaje de novela. Una leyenda. Nunca un balón había amado tanto a un ser humano. Para ambas cosas, te quiero, Diego.

Pero un equipo de fútbol no son sólo sus jugadores. Es un cuerpo técnico, una ciudad, es una hinchada, una canción. Al mando de esta banda de salvajes había una pareja de entrenadores. Uno, Bukowski, nunca supo que tuvo a un gemelo en Roberto Challe como seleccionador de Perú en el 85. El que siempre sabía cómo poner de los nervios a los rivales, técnico de potrero, de equipo del Mundialito del Porvenir. El que lo sabía todo sobre el fútbol. El que mandó a Reyna a hacerle una marca personal a Maradona. Era de los que se iban al bar de la tribuna Sur a ver el partido desde allí, el que paraba al equipo, el motivador. Otro que con frecuencia llegaba borracho al partido y sólo para decir, muchachos, salgan y hagan lo que saben. El otro entrenador era Walt Whitman. No podía con su debilidad por tocarles el culo a los muchachos, pero era el reconcentrado, el estudioso, el hipertenso, el oso, el papá.

Oh, captain, my captain.

Originario de las calles de la ciudad de Bahía, Jorge Amado era el masajista y era la alegría del equipo. El que recuperaba a los golpeados, el que le devolvía la vitalidad a los tristes y la sobriedad a los borrachos, la calidez a los pecho fríos. Para eso, un mago era el hombre. Como Mario Américo, se robó la pelota del día de la final.

Un equipo como este solo puede ser originario de una ciudad mafiosa como Nápoles. Jugaban, y la ciudad se paralizaba. Solo una hinchada tan fiel como como la del Liverpool habría podido soportar a jugadores de tan fallada naturaleza. Perdíamos tres a cero el día de la final. El equipo estaba muerto. Pero se pusieron a cantar, y al segundo tiempo lo empatamos y lo ganamos a los penales. Así son los lectores de este club de la pelea.

Nunca nadie le compuso una canción al campeonato del mundo de la literatura, o al menos, no que yo sepa, pero si la hubiera tenido, algo como Una estate italiana hubiera tenido que sonar.

Era un juego, pero no sólo era un juego. Aquí podían partirte una pierna, como podía armarse una bronca monumental entre los equipos y la policía. En cualquier momento podía suceder una tragedia. Y claro, era hermoso. Las canchas en mal estado, los partidos a muerte, señores, esto era el fútbol, era la leyenda, era la vida. Que pena por ustedes, pulpines de la Play, si llegaron demasiado tarde para vivirlo. Aquí hay códigos. Aquí la tradición se pasa de padres a hijos. A menos que seas un genio, aquí no se olvida la historia. Esta camiseta tiene que sudarse.

¡Vamos, la concha de tu hermana!

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